RAFAEL HELIODORO VALLE
Si ha habido en Centro América un autentico clima de
cultura, ello fue antes de la llegada de Colon a las playas de Honduras en
1502. En la América antigua el maya tuvo en Copán su metrópoli poderosa, antes
de que surgieran Palenque y Chichén, Uxmal y Tulum; y solo des pues de que
Tikal entrase en apogeo y su nombre quedase eternizado en piedras ilustres que
la proclaman emula de Copán, unas de las primeras grandes ciudades mayas que -
según dice Spinden – “tuvieron una existencia larga y gloriosa”. Los escultores
y los arquitectos de Copán fueron anteriores a Cristo. Solo para interpretar
sus inscripciones y esclarecer lo que dicen sus estelas ha publicado Sylvanus
G. Morley un libro hermoso y augusto como un laberinto. Allí campea, fantasma
milenario, el dragón bicéfalo que es una de las joyas de la escultura maya. Y
todavía tiene validez la carta en que el oidor don Diego García de Palacios,
dirigió a Felipe II (8 de marzo de 1576) hablándole de “Unas ruinas y vestigios
de gran poblazón y de soberbios edificios, tales que parece que en ningún
tiempo pudo haber en ten bárbaro ingenio como tienen los naturales de aquella
provincia, edificios de tanto arte y suntuosidad.
Ya cuando García de Palacios las visitó, Copán estaba en
ruinas y cuando el Cacique Lempira hizo de postrer resistencia al conquistador,
aquel pueblo de había dispersado. Al aparecer en la escena el español, no hubo
drama económico y social como en el Anáhuac,
ni conflicto entre dos culturas. Fue más la discordia entre los nuevos señores
que en territorio de Honduras parecieron darse cita desde rumbos diversos, que
la resistencia de los caciques aborígenes.
El 13 de septiembre de 1538 arribó al Puerto Cortés el Lic.
Cristóbal de Pedraza, quien al año siguiente fue nombrado mediador entre
Francisco de Montejo y Pedro de Alvarado, que se disputan la Gobernación de
Honduras. El Lic. Pedraza fue el primer Obispo, si bien el segundo que recibió
tal nombramiento, y la sede de la diócesis había sido erigido el 6 de septiembre de 1531, según el cronista
Herrera. Fue Pedraza el primer historiador de la tierra conquistada, pues suya
fue la “Relación de la Provincia de Honduras e Higueras” que envió al Rey en
1544. En Honduras, como en el resto de la América Española durante el régimen
de cuatro siglos la Iglesia tuvo a su
cargo las empresas de la cultura, y de modo especial, cuanto se refería a la
educación y evangelización de los aborígenes y de los colonos.
El segundo letrado de importancia que visito el País fue el
Lic. Bartolomé de las Casas, quien se presentó en Gracias a Dios (1541) a
pedir a la Audiencia de los
Confines el poyo que se necesitaba para
poner en vigencia las famosas Nuevas Leyes; y por ese tiempo estaban en dicha
ciudad dos licenciados más: don Alonso de Maldonado, Presidente de la
Audiencia, y don Francisco Marroquín, Obispo de Guatemala.
En 1554 ocupó la silla episcopal Fray Jerónimo de Corella,
quien había obtenido licencia para traer
de España dos pintores y dos cantores, cuyos nombres nos son desconocidos. Por
aquel tiempo ya se habían hecho grandes progresos en la catequización de los
indios de México y de Guatemala; pero Honduras no recibía los beneficios de la
evangelización. En 1555 la audiencia de Guatemala se dirigió a Carlos y
diciéndole: “Los obispados de Honduras y Nicaragua convienen se provean y en
nadie mejor que en religiosos que saben las lenguas”. La tarea estaba
dignamente reservada a los franciscanos, y así lo prueba la carta que el
Provincial, Fray Pedro Ortiz, escribió desde Comayagua al rey: “En los navíos
pasados que salieron de este puerto de Honduras el año de 77 dí noticia a V.M.
del suceso el viaje que hice con los frailes de que vine por comisario a las
provincias de Nicaragua y Costa Rica con el Obispo e ellas (Fr. Antonio de
Zelaya, de la orden de San Francisco); dije como por hallar una carta en esta ciudad de Comayagua, del
Provincial de Guatemala, de nuestra orden, que
decía que por tener V.M. noticia
de la poca doctrina que había en la Provincia de Honduras, le mandaba que
poblase en ella, yo poblé una casa en esta ciudad, a lo cual me dieron mucho
calor y favor el Gobernador don Diego Herrera y los vecinos de la ciudad”; y
añadía: “Esta provincia de Honduras tengo noticia que no ha tenido doctrina
alguna entre los indios ni hoy la ay sino es en una Provincia de Tencoa donde
está poblada unas casas y monasterio de N.S. de la Merced, hace tenido más
cuidado de proveer y dar de comer a
clérigos que no de poner doctrina en los indios; es cosa de gran lastima lo que en esto pasa; procurare; todo lo que pudiere; poblar casas
entre los indios para descargo de la conciencia de V.M. le cuesta tanto nuestra
venida. Si yo hallara el calor y favor que hallé en don Diego e Herrera,
Gobernador que era de esta Provincia cuando poblé esta casa, fácilmente lo
hiciera; más sucedió Alonso de Contreras Guevara en quien ni hallamos calos ni
favor, antes todo lo contrario por vías, pero ha de poder más a Dios que el
diablo aunque sea a costa de mi trabajo yo haré que el Presidente y Oidores de
Guatemala, que son personas de santo celo, nos ayuden y favorezcan tan Santa
obra entre tanto que V.M. provee de remedio con la venida de del Obispo que se
espera, de que hay mucha necesidad, y si viene frailes poblaré, en los pueblos
de españoles donde no hay menos necesidad que, entre indios, de doctrina…”
Testimonios de aquellas labores intrépidas que se prolongan
hasta los días próximos a la emancipación son algunas artes y doctrinas que reproducen
fielmente la obra de los misioneros que, a pesar de las terribles incomodidades
que sobrellevaron, tuvieron tiempo para escribir apuntes que forman parte del
rico acervo de la literatura lingüística de América.
La silla episcopal había estado en Trujillo, más tarde en
Sonaguera (1558 o1559) y, por último, se trasladó a Comayagua (1561). El obispo
Fray Gaspar de Andrade, electo en 1588, obtuvo del rey el envío de 50 pinturas,
que de seguro, sirvieron para embellecer su catedral o acaso fueron distribuidas
entre algunos templos de su diócesis; y pudo contribuir a la obra civilizadora
fundando en Comayagua la Cátedra de Gramática Latina, con 200 pesos de renta
anual gracias a la dispocisión que obtuvo de Felipe II (21 e septiembre e 1502)
Otro de los obispos progresistas fue el mexicano Fray
Antonio López de Guadalupe, quien asumió el gobierno de la diócesis en 1729; y
poco después (1731) patrocino al bachiller Francisco de Santelices, hijo de
Tegucigalpa y graduado en la universidad de Guatemala, para que inaugurase su
curso de Artes contando con la concurrencia de numerosos estudiantes; organizó
el Colegio Seminario con 14 colegiales, que había fundado su antecesor Alonso
de Vargas y Abarca, dotándole de la cátedra de Moral; fundo la cátedra de Filosofía,
con renta anual de 200 pesos (1733); y por ultimo, la de Cánones, con la suma
de 300 pesos (1734).
En las crónicas suenan algunos nombres distinguidos: el
franciscano Fray Francisco Andrade, quien dejó nueve tomos de sermones y según
el P. Arochena-escribió una disertación apologética sobre los misioneros; el ya
mencionado Fray Francisco de Santelices, teólogo erudito que dejo tres
volúmenes de escritos inéditos; Fray Esteban Verdelete que presentó al Rey su
“Noticia de la Provincia e Tegucigalpa o Teguzgalpa”, el P. José Jiménez, autor
de “Principia generaliae totious Sienta Moralis”; Diego López de Orozco,
redactor de un trabajo sobre la población
de Trujillo y Santo Tomás de Castilla; Fray Martín de San Antonio
Moreno, que en su convento de Tegucigalpa
preparó una “exposición de la regla seráfica”; y Fray Fernando Espino,
autor de “Relación verdadera de la reducción e los indios infieles de la
provincia de la Teguzgalpa, llamados Xicaques” (1674).´
Pero entre todos los hombres de la letras de la época
colonial tres son los más eminentes: Los jesuitas José Lino Fábrega, Juan Cerón
y Juan Ugarte; el primero, interprete del “Códice Borgiano” durante su
destierro en Bolonia; el segundo, uno de los más unciosos oradores sagrados de
su tiempo; y el tercero, una de los civilizadores que, en la Baja California,
durante los afanes del santo Salvatierra, fundió campanas, derribó árboles para
construir barcos, labró la tierra y fibras, y se cubrió de llagas.
Esos nombres, que son unos cuantos, pudieron brillar en
lejanas tierras. La débil luz de las aulas de Honduras era insuficiente para
darles solidez intelectual. No había Universidad ni más estudios superiores que
los que podía auspiciar la Iglesia o los que podían hacerse en los dos
conventos de la provincia. Los jóvenes se veían obligados a trasladarse a las
universidades de Guatemala (como José Simón de Zelaya y Juan Francisco Márquez)
y de León (como José Trinidad Reyes) o a México para ingresar en el Colegio y
Casa de Probación de Tepotzotlán (como Fábrega, Cerón y Ugarte) o para recibir
el titulo de abogado (como Juan Fernández
Lindo). La universidad de Santo Tomás de Guatemala se había fundado
en 1676 y cuando por Real Cedula de 1772
fue aprobado la erección de un colegio agregado al del seminario de aquella
capital, ordenando “que se admitieran en aquel doce colegios indios puros
prefiriendo los caciques” proveyéndoles de vestido y manutención, “el
Oidor Gonzáles Bustillo hizo librar los
despachos respectivos a Comayagua y Tegucigalpa, de donde se enviaron a
publicar a los pueblos; pero no consta que indios de Honduras se hayan acogido
a aquella gracia”.
La Provincia hondureña era una de las más atrasadas, si no
de la más, en todo el cuadro histórico de la Capitanía General de Guatemala.
Aunque era valiosa por su minas, éstas no eran dignas de comparase a las de
México o el Perú; su Iglesia contaba con modestísimos recursos; su
despoblación, las enfermedades tropicales, lo reducido de sus ingresos, la
incuria de sus gobernantes, sus difíciles vías de comunicación, la mantenían
alejada del mundo, abandonada a sí misma, a pesar de encontrarse situada
estratégicamente en una de las comarcas centrales del hemisferio, henchida de
riquezas que más tarde aprovecharía el extraño con técnica y ambición. Si en algún
país de América habían de agudizarse la mala política y más tarde el poderío
imperialista, a lo largo de los tres primeros siglos que siguieron al
descubrimiento, apenas sobresalgan unos cuantos hombres que han podido
reivindicarla.
En prueba de lo afirmado, dice Rómulo E. Durón, al hablar
del regreso de Juan Lindo (1822), con el nombramiento de Jefe Político Superior
e Intendente de la Provincia, que le confirió el Emperador Iturbide: “El 30 (de octubre) se dictó una orden para la
apertura de escuelas de primeras letras, a las que deberían asistir los niños
desde la edad de cinco años hasta la de catorce sin distinción de clases, pues
no las había. El ayuntamiento de Tegucigalpa dispuso enseguida abrir en esta
ciudad una escuela de primeras letras, en la que se enseñaría lecturas,
escritura, los primeros principios de la aritmética y los rudimentarios de la
religión católica, y se darían lecciones de ortografía, de urbanidad y buena
crianza, de la Constitución de España, por el momento y de la que rigiera lo
sucesivo”.
José del Valle, ilustre hondureño, decía desde Guatemala al
Secretario de la Municipalidad de
Tegucigalpa (22 de agosto de 1829) a la que había enviado su memoria sobre
Educación: “Deseo que Honduras, donde tuve el honor de nacer, sea el Estado
primero por su ilustración y riqueza. Es preciso formar hombres capaces de
servir dignamente los empleos. La ineptitud ha sido causa de nuestras
desgracias y las de la Republica”.
Aunque en 1660 había sido introducida la imprenta en
Guatemala, fue hasta marzo de 1829 cuando se instaló en Tegucigalpa, habiéndola
comprado el General Morazán, Presidente
de Centroamérica, a don Santiago Machado, y al año siguiente fue posible
el primer periódico: “Gaceta del Gobierno”. Morazán conocía muy bien la
situación ignominiosa porque atravesaban los niños y jóvenes hondureños; ya que
él había sido uno de los 23 alumnos de la cátedra de Gramática Latina, en 1804,
gracias a los empeños del guardián del
Convento de San Francisco, el guatemalteco, Fray Santiago Gabrielín, que fundó
Fray José Antonio Murga; pero el plantel hubo de suspender sus labores al cabo
de un año, porque Gabrielín fue sustituido por el retrógrado Fray Andrés López,
quien se opuso a que se diera tal enseñanza. Después de aprender, en lo
privado, los rudimentos en la lectura, la escritura y la aritmética, el joven
que deseaba aprender algo de caligrafía y eso hubo de hacerlo Morazán –tenía
que acudir a la oficina de algún escribano, y si no contaba con facilidad para
ir a León o a Guatemala, no le quedaba más recurso que leer por su cuenta los
libros que, venciendo los obstáculos de la pésima transportación, podían llegar
a la provincia a través de la colonia inglesa de Belice. En el Estado actual de
las investigaciones históricas, no se sabe de algún joven hondureño que haya
ido a educarse a La Habana o se haya atrevido a viajar hasta Madrid. Son
contados aquellos que, como Dionisio y Próspero de Herrera, lograron saciar su
curiosidad de lecturas modernas y aprendieron a leer en inglés y francés.
LA FIGURA PATERNAL DE
JOSÉ TRINIDAD REYES
Hay una luz de oro en medio de aquella noche sombría que
ilumina con sus brillos amorosos la tierra de Honduras: José Trinidad Reyes, franciscano del Convento de
la Recolección de Guatemala, exclaustrado por la liberación liberal de 1829 y
reintegrado a su terruño, en la plenitud e su energía, con ímpetu
extraordinario para hacer el bien y, sobre todo, para derramar a manos llenas
la sabiduría fecunda. Bien vale en su elogio reproducir lo que escribió el
doctor Enrique Hoyos: “El Dr. Reyes era sin disputa una de las notables
ilustraciones de Honduras. Teólogo consumado, orador elocuente, poeta y músico,
reunía a estas eminentes cualidades una conducta intachable, una caridad
acendrada y una humildad tanto más digna a la alabanza cuando mas elevado era
el carácter moradle aquel virtuoso sacerdote, versado en la Escritura Sagrada,
en los libros de los Santos Padres, en
la historia de la Iglesia y en la de los Concilios, su saber en las ciencias
eclesiásticas era grande, y esto contribuía sin duda a la facilidad con que
predicaba, a la abundancia y a la fluidez de su estilo que era llano, es
verdad, pero claro y nervioso. Los clásicos antiguos le eran familiares, y sus
conocimientos en la bella literatura francesa y española, revelaban largos y
fructuosos estudios sobre humanidades. Versificaba con admirable facilidad y
con pureza. El carácter dominante de sus composiciones era el jocoso, y se
dedicaba mucho al género pastoril. Vivirán mucho tiempo en la memoria de los
tegucigalpenses las pastorelas del Dr. Reyes, y aquellos picantes y salerosos
villancicos en los que proporcionando diversiones, entre el agradable concierto
de una música armoniosa (regularmente de su propia composición), solía mojar su
pluma en el satírico tintero de Juvenal para corregir las costumbres poniendo
en ridículo los vicios morales y sociales al son del tamboril y del rabel”.
José Trinidad Reyes
unió su nombre a la de falange de los civilizadores apostólicos, que en un
medio tan áspero, tan desalentador, continuamente amenazado por la guerra
civil, logro dejar huellas que engrandecen cada día más su gloria: llevó a
Tegucigalpa el primer piano, escribió el primer libro de texto –Lecciones de
Física-. Fundo la Universidad, compuso varias misas y villancicos, escribió 12
pastorelas que le sirvieron de vehiculo poderosos para transmitir ideas y emociones en una Arcadia llena de odio, de
sangre y de infelicidad, y sobre todo, para hacer en las almas, como en la
alborada de la evangelización, se amansaran las fieras.
A iniciativa de Reyes la Asamblea el Estado decretó (29 de
abril de 1834) el establecimiento en la capital de una escuela de música, cuyo
maestro tendría el sueldo de 500 pesos anuales, que se tomarían de la cuarta
parte de los diezmos asignados para el Cabildo y fábrica de la Catedral y en la
que debían admitirse a todos los jóvenes que desearan aprender.
“Si se presentase algún músico científico –decía su moción
–que se encargara de enseñar su facultad, seria dotado con la renta de 1500
pesos, que se le pagaría en moneda de oro”.
En 1840 don Victoriano Castellanos, propietario de minas de
oro y plata en le Departamento de Copán, hizo llegar de Londres un molino
hidráulico de amalgamación, y para poder trasladarlo de Omoa al ultimo lugar de
su destino establecerlo convenientemente, solicito auxilio del Gobierno, al que
hizo la promesa de que “los dos ingenieros
que trajo para montar la fabrica y dirigirla, y enseñaran a manejarla a
los hijos del país, que con tal objeto se le presentase, a quienes mantendrían
de su cuenta”. La Asamblea de Estado acordó proporcionar al señor Castellanos
los auxiliares que pedía y dio orden para “que de cada departamento de la
Republica se enviase un joven as recibir la enseñanza ofrecida”; pero tal
proyecto se derrumbo porque debido a la
falta de comunicaciones fue imposible-ni aun empleando titanes- trasladar las
piezas del molino.
En ese medio asfixiante, el Padre Reyes hizo lo que pudo;
luchó contra los más penosos contratiempos; y se elevó a la altura del héroe,
ganándose merecidamente el titulo de benemérito de la Patria, que bien merecía
por su obra de pacificador en su ardua lucha por la dignificación del hombre,
acercándolo a las fuentes claras de la belleza, señalándoles nuevas rutas, poniendo
cátedra de cortesía y de la limpieza mental. Su obra, profundamente humana, le
da derecho a que se le incluya en la nomina de los civilizadores, de los que
–como dijo Celeo Arias en loor de un soldado pundoroso-pasaron por la tierra
“sin llevar las sombras del mal en la conciencia”.
Para recalcar los
colores que Honduras ofrecía a mediados del siglo pasado, en lo que se refiere
a la educación popular, basta releer lo que en 1842 decía el Presidente Ferrera
en su mensaje al Congreso Nacional: “Es una necesidad incuestionable el
establecimiento de un Colegio Universal, o Cuerpo De Maestros Y Profesores, y
para conferir los grados respectivos en cada facultad: yo deseo que el decretar
y reglamentar esta interesante Corporación sea una de vuestras tareas, no
obstante las profundas meditaciones que necesita por falta de hombres
instruidos y de caudales que padece el Estado”.
Pero la hazaña más relevante del Padre Reyes fue la
fundación de la Universidad de Honduras, que tubo su origen en la “Sociedad del
Genio Emperador y del Buen Gusto”, (14 de diciembre de 1845), siendo con el los
fundadores los jóvenes Yanuario Girón, Máximo Soto, Miguel Antonio Róbelo y
Alejandro Flores. Deseaban una Academia en la que pudiesen enseñar Latín y
Filosofía, y nombraron Rector a Reyes,
quien pronunció el discurso inaugural: “Unos jóvenes que, uniendo sus talentos
una infatigable aplicación al estudio, han merecido los honrosos títulos
literarios con que les condecoro la Universidad de León de Nicaragua, consagran
hoy a la patria sus tareas y vienen a pagarle las primicias de sus luces,
haciéndole un servicio de clase superior a la de cuantos pueden prestarles sus
amantes hijos. Su misma ilustración se les ha hecho conocer que las ciencias contribuyen sobremanera, a hacer felices
a los hombres y a los pueblos, y que, en los países donde por fortuna se han
adoptado los principios democráticos, son de absoluta necesidad; y he aquí el
don precioso que vienen a ofrecerle. Ven la falta de establecimientos de
enseñanza; advierten, no sin dolor, que en Honduras las ciencias están bajo los
pergaminos y capillas, y no pueden ser indiferentes al malogro y desperdicio de
talentos privilegiados que se quedan sin cultivo, cuando debieran ser la honra
de la Patria”.
En aquel establecimiento particular que bien pronto cambió
el nombre por el de Academia Literaria de Honduras (1846), Reyes enseñaba la
cátedra de Física y Matemáticas, Soto la Filosofía, y Girón y Flores la de la
Gramática Latina.
“Apreciando el buen éxito de los trabajadores de la
Academia-escribe el Dr. Rosa-el Padre Reyes propuso a la Municipalidad de
Tegucigalpa que solicitase al Gobierno Supremo la autorización debida, para
elevar el establecimiento, que tenia carácter privado, al puesto oficial de
Universidad”.
Hubo oposiciones, como sucede, casi siempre, cuando se trata
operar adelantamientos sociales que chocan a los bien hallados con el atraso,
quienes ven, en el movimiento y la luz de una transformación, la perdida de las
ventajas que creen proporcionarles la quietud del estacionamiento y la obscuridad de la ignorancia.
Más triunfo la grande iniciativa de Reyes:
La Municipalidad presentó su solicitud, y el hábil político,
Jefe del Estado, el Dr. Juan Lindo, que también fundo la universidad de El
Salvador, expidió el correspondiente decreto de autorización:
“El memorable día 19 de septiembre de 1847, en la iglesia de
San Francisco de esta ciudad, se inauguró con público regocijo, la Universidad
de Honduras. Presidieron actos tan solemne el consabido Jefe de Estado, Dr.
Juan Lindo, y el señor Obispo don Francisco de Paula Campoy y Pérez; asistió
todo el vecindario distinguido de la ciudad, y se pronunciaron oportunos
discursos por el señor Lindo, y el señor Obispo don Campoy, el Rector y algunos de los
catedráticos. Al siguiente día de la inauguración, se graduó de Bachiller en
Filosofía el joven Sinforiano Robelo: obteniendo el primer titulo que extendió
la naciente Universidad. Al Padre Reyes corresponde la alta honra el fundador
de la Universidad hondureña, pues a su iniciativa, afortunadamente hecha y
dichosamente realizada, se debió su establecimiento. Fue también el autor de
sus estatutos que han regido, con algunas modificaciones hasta la publicación
del nuevo Código de Instrucción Publica. Si Reyes hubiera vivido largos años,
habría recibido la grata y cumplida
recompensa, viendo los opimos frutos de su obra civilizadora. De la
Universidad han salido concluyendo o no
sus estudios en ella, Máximo Soto, el medico legalista de Centro América;
Yanuario Girón, aventajado teólogo; Samuel Escobar, brillante orador sagrado;
Celeo Arias, Valentín Durón, Crescencio
Gómez y Vicente Ariza Padilla, jurisconsulto de primer orden; Adolfo Zúniga,
publicista y escritor sobresaliente; Julio Contreras, filosofo elocuente y
humanista; Rafael Alvarado Manzano, jurisconsulto y doctor educador; Juan Ramón Reyes
inspiradísimo; Álvaro Contreras, tribuno y periodista, el mas fecundo de
América Central, y varios otros de distinguido merito, que seria prolijo
nombrar en esta ocasión. Lastima grande que, debido a las ideas de la época y a
los escasos elementos de la Universidad, no hayan salido de su seno geógrafos,
historiadores, físicos, matemáticos, naturalistas, economistas, y estadistas,
de que tanto necesita Honduras para que alcance a comprender sus verdaderos
intereses materiales y morales”.
El mas justo
elogio hizo Rosa al decir: “Reyes tenía las más variadas y sorprendentes
facultades. Era filarmónico, y, en Tegucigalpa, la población más culta de
Honduras, no había un piano; y el introdujo el primer piano. Era escritor, y no
había una imprenta, y el introdujo la primera imprenta llamada de “La
Academia”. Era literato, y no había una biblioteca; y el fundo la de la
Universidad. Era entendido en astronomía, física y química, y no había
elementos, ni aun rudimentales, para un observatorio, para un gabinete de física, y para un laboratorio de química.
Reyes se encontraba en el vacío. Suplían el aristocrático piano, la popular
guitarra; a la imprenta, los manuscritos de pésimos pendolistas; a la
biblioteca, unos pocos y maltrechos libros que eran antiguallas en la Europa
moderna; a los telescopios, los ojos del observador que veía los astros con el
argumento de la luz de su alma; a los instrumentos de física, las fuerzas del
empeño del trabajador que estudia y a los experimentos químicos, hechos por los
procedimientos modernos, las observaciones empíricas sobre la composición y la
descomposiciones de los cuerpos”.
En la Universidad los jóvenes recibían la educación
secundaria y estudiaban después “La Gramática Latín por Lebrija, las Oraciones
por Corcuera y Clarte y al Curso de Filosofía
Elemental del Padre Balmes”.
En su informe a las Cámaras Legislativas decía el optimista
Ministro de Estado y del Despacho General, Lic. J. Francisco Zelaya: “Se va
generalizando en el Estado la educaron primaria, que es la base de la
secundaria o superior. Con este objeto ha dictado el Ejecutivo diversas
soluciones que producen muy buen efecto en casi todos los departamentos. Se han
establecido muchas escuelas de primeras letras y de su estado informan cada
tres meses al Ministro de Jefes Políticos, remitiendo colecciones de planas
escritas por los alumnos, que acreditan sus adelantos. Estos serian
infinitamente mayores si dotándose bien a los preceptores se dedicaran a ser
los hombres aparentes por su conducta y conocimientos; mas con los reducidos sueldos
que se dan no es presumible quieran serlo aquellos que era de desearse, y he
aquí la causa eficiente del pequeño progreso que se nota en la instrucción
primaria”. Y agregaba: “En esta capital esta establecida la Escuela Normal bajo el nuevo sistema de
enseñanza mutua sus progresos deben ser a proporción de la facilidad y método
correcto con que se enseña a la juventud, tan luego como se establezca la
contribución del Censo territorial decretado por el Gobierno se generalizara
aquella enseñanza en todos los departamentos porque la tercera parte de su
producto esta señalándolo a aquel objeto”.
En su mensaje de 1857 el Presidente Guardiola dijo: “La
Universidad continúa difundiendo luces en proporción a su recursos y de la infancia que se halla;
sin embargo, como se nota una carencia absoluta de cátedras de Medicinas y
ciencias accesorias, seria muy conveniente la organización de un protomedicato,
como fundamento de estas. Hay en el Estado numero suficiente de profesores para
darle ser y estabilidad y para remediar los frecuentes abusos que se cometen en
el ejercicio de estas facultades”.
Entrando la escuela primaria seguí en el más cruel abandono,
sin brújula, sin las menores preocupaciones por resolver el más urgente problema de Honduras. Un
testigo presencial: José Antonio López G., apuntó en sus memorias de aquella
época: “No había escuelas publicas y los niños aprendíamos a leer el catecismo
e Ripalda, en las escuelas particulares, como las de las Borjas. La escritura,
la aritmética, la gramática latina por Lebrija, y la filosofía de Balmes
enseñaban los dos o tres individuos que tenían fama de sabios. La Universidad
estaba recién fundada, haciéndose todavía algunos doctores por acuerdo
gubernamental. Los únicos que habían tenido alguna preparación, y que habían
recibido en realidad grados universitarios fueron, según creo, el mismo Padre
Reyes y D. Máximo Soto, quienes habían seguido un curso regular de estudios en
Guatemala y en la ciudad de León... No había más que un solo periódico e toda
la República, La Gaceta Oficial, que publicaba las disposiciones del gobierno y
uno que otro verso detestable. De libros no hay que hablar. Fuera e las novelas
y de las vidas de los santos, apenas se conocían otros”.
Esta semblanza e la educación publica viene a coincidir con
la que dejo el Dr. Alberto Membreño en una pagina memorable: “Aunque la
población de Tegucigalpa en 1868 ya era considerable, no tenia mas que una
escuela e varones. No se a que atribuir esta falta de planteles para educar a
la niñez, si a lo exiguo de los fondos públicos o a descuidos de nuestros
mayores. Cuando todas las naciones de América habían entrado en las vías del
progreso, la desgraciada Honduras, allá encerrada en sus montañas, caminaba a
paso lento, ajena al movimiento moderno”. Y añade Membreño quien en la primaria – con duración de tres
años – los encargados de enseñar a los niños enseñaban a la Cartilla de San
Juan, el catecismo de Ripalda, la Moral de Escoiquiz, La Aritmética, La
Gramática, La Caligrafía y la Urbanidad.
En 1866 se promulgó la Ley de Enseñanza Primaria; y el 30 de
octubre de 1869 fue establecida la Dirección de estudios y Fondos en los
colegios departamentales, y se ordenaba que en cada cabecera hubiese una junta
de instrucción pública, formada por el gobernador, el intendente, el cura, el
alcalde y dos vecinos electos por estos; y se establecía el impuesto de un real
por cada res destazada en negocio en cada pueblo o lugar de los departamentos y
que será recaudado por la municipalidad y remetido a la junta.
¿Cuáles podrían ser los frutos de tal ley, si los encargados
de dirigir la educación popular, en su gran mayoría, ignoraban los rudimentos
de las letras y las ciencias? Alcaldes analfabetas, gobernadores que habían
llegado a encumbrarse en las volteretas de la guerra civil, y entre todos
ellos, el único mediamente preparado, el
cura, que había leído algunos libros, peor que desconocía la ciencia de la
educación. Durante el régimen del
Presidente Joaquín Rivera fueron enviados a Guatemala varios jóvenes para que
estudiaran en la Escuela Normal Lancasteriana; pero se desconoce hasta hoy lo
aprendieron y si regresaron a Honduras a prestar servicios. Los desordenes
demasiado frecuentes, la pecuaria del estado, la carencia de hombres aptos en
el poder, malogran las tentativas mas generosa; y el hondureño seguía, sumido
en el letardo mas profundo, a la sombra de su cielo azul y sus pinares, perdida
de toda esperanza de redención por
quienes anhelaban que le país se incorporase, no solo oficialmente, a la
civilización.
Si la Universidad atravesaba por la desventura ominosa ¿Cuál
seria la situación de la escuela primaria? En el presupuesto de 1870, el Rector
de la Universidad aparecía con un sueldo mensual de 30 pesos y el secretario
con 12. Había catedráticos de Cánones,
Matemáticas, Derecho Civil, Filosofía, Latinidad, Idiomas y Gramáticas
Española. El 15 de septiembre de 1875 el Ejecutivo expidió el reglamento de
instrucción primaria; pero el desorden continuaba en la vida pública, seguían
la inseguridad y el sobresalto, se agudizaban los oídos y la sangre humana
saturada de púrpura la tierra del Padre Reyes.
PARENTESIS DE AURORA
De pronto hubo un clamor de luz; amaneció el 27 de agosto de
1876. Honduras despertaba de terrible pesadilla. Dos jóvenes ambiciosas de grandeza
aparecieron en el escenario político: Marco Aurelio Soto y Ramón Rosa, que
llagaban de Guatemala- en donde habían hecho sus estudios universitarios-con
nuevas ideas y, sobre todo, con programa reformador. La revolución liberal de
1871, en que sobresalían como corifeos Miguel García Granadas y Justo Rufino
Barrios, golpeaba impaciente las puertas del sur de Honduras. Con ella se
abría un nuevo capitulo en nuestra
historia.
Marco Aurelio Soto gobernó desde aquel día hasta el 27 de
agosto de 1883. Nunca en un lapso igual se hizo tanto por el progreso del país
y, sobre todo, por la creación de la conciencia nacional. Soto organizo la
hacienda publica y el servicio de correos, introdujo el telégrafo, separo la
Iglesia del Estado; estableció la enseñanza laica, gratuita, obligatoria y
libre; fundo el Colegio Nacional para la segunda enseñanza y el bachillerato en
ciencias y letras (15 de agosto de 1878), la Universidad de Occidente en Santa
Rosa de Copán (23 de abril de 1879), y el Archivo y la Biblioteca Nacionales (27 de agosto de
1880); dicto los Códigos Civil, Penal, de Procedimientos, de Comercio, de
Minería y de Instrucción Publica(31 e diciembre de 1881), fundo la Universidad
Central (26 de febrero de 1882) con las facultades de Derecho y Ciencias Políticas,
de Ciencias y Medicina; estableció las
escuelas de niñas y el primer colegio de estudios superiores para señoritas;
y encomendó al Dr. Rosa la redacción de
los bocetos biográficos de José del Valle y José Trinidad Reyes, erigiéndoles
monumentos, lo mismo que a los generales Francisco Morazán y Trinidad Cabañas.
El Archivo Nacional se formo con los papeles del Estado que
estaban en Comayagua, y-como escribió su primer director el Dr. Antonio R.
Vallejo- aquellos “montones de papeles en el mayor y mas completo desorden”,
fueron llevados a Tegucigalpa, la nueva capital, y se formo el índice que
abarca de 1600 a 1884, constando el
archivo de 2158de tierras, 300 colecciones de periódicos y 162964
documentos útiles en 4419 volúmenes, que eran el residuo de los saqueos durante
las guerras civiles, y especialmente del incendio de Comayagua en 1873.
Decida fue la
protección que el régimen de Soto dio a
la educación publica , a los hombres de letras y a todo lo que entrañaba progreso. “Tenemos ya
en el país los instrumentos y útiles
para plantar un completo gabinete de física y un laboratorio de química, mapas, esferas e
instrumentos matemáticas para la segunda enseñaza, e instrumentos y aparatos suficientes para la enseñanza especial de la medicina y para
el aprendizaje practicote Historia Natural en sus diversos ramos”, decía Soto
al Congreso Nacional en su mensaje de 1883.
En aquella época Tegucigalpa era el centro de las
actividades renovadoras, a cuya
vanguardia iban el mismo
Presidente Soto, Ramón Rosa, Adolfo
Zúniga, el poeta cubano José Joaquín
Palma y quien seria mas
tarde Presidente de Cuba, don Tomas
Estrada Palma, organizador del servicio postal; surgieron brillantes promesas
literarias como Manuel Molina Viril, Alberto Ucles y Ramón Reyes; y se concedieron becas a los mejores
jóvenes del país que deseaban seguir estudios profesionales.
Es pues del triunvirato que sucedió en el poder a Soto, fue
elevado al solo solio el General Luís
Bográn, quien gobernaría del 30 de noviembre de 1883 al 30 de noviembre
de 1891. Fue en su tiempo cuando se llevo a cabo el primer censo general de la
Republica (1887), se fundo la Academia Científica-Literaria de Honduras (8 de
abril de 1888), que volvería a reorganizarse el 25 de septiembre de 1915; se
publico el “Primer Anuario Estadístico
de Honduras” (1889), por el Dr. Antonio R. Vallejo, cuyos antecedentes
se hallan en el primer censo de diócesis levantado por el Obispo Fray Fernando
Cariñanos (1791) y por el “Resumen Estadístico, Corografito, e Histórico del
Departamento de Gracias” (1834)por José Maria Cacho; y se contrataron los
servicios de varios profesores españoles (1890).
El 20 d julio de 1891 el gobierno concedió al Peabody Museum de Cambridge, Mass., el derecho e
explorar y excavar por diez años las ruinas
de Copan y otros lugares del país, concediéndoles la mitad de las pieza
de arqueológicas que descubriese durante
ese periodo. Ya desde el 28 de enero de 1845 las ruinas arqueológicas habían
sido puestas bajo la protección del Estado;
el 15 de mayo de 1898se expandiría y el 4 de abril de 1900 se prohibiría la
exportación de reliquias arqueológicas y
se ordenaría la explotación y estudio de las ruinas, mediante la autorización
del Ejecutivo.
Durante la administración de Bográn hubo una sección normal en varios de los institutos de la
enseñanza preparatoria; pero fue hasta 1903, siendo Presidente Manuel Bonilla,
cuando se fundo la primera Escuela Normal de Varones, que dirigió el eminente
Pedro Nufio.
En Honduras se necesitan mas médicos que viajen por el
extranjero, mas técnicos de ciencias aplicadas, economistas, agrónomos,
maestros de escuela que no tenga sueldos de hambre, organizadores de los
servicios públicos, ingenieros de minas, nutriologos, biólogos, que forman el
inventario de los tesoros naturales. De 1883 a 1912 la Universidad produjo
264 licenciados y entre ellos muchos han sido perturbadores del orden social especialistas
en ciencias ocultas.
Tal es el panorama de un país que ha sabido demostrar que
lleva en su seno esencias vitales y ha dado a Centroamérica personalidades
eminentes-aunque contadas-en las letras y en las ciencias, y contadísimas en
las artes. Dentro de este cuadro fulguran algunos valores que pues en ponerse
en digno parangón con los de otras tierras americanas, y a demostrarlo
contribuirán las enumeraciones y apreciaciones que van en este discurso. Esos
nombres salvan, en la historia de la cultura en Centroamérica el nombre de
Honduras, y son una invitación a las nuevas generaciones que deseen inspirarse
en el ejemplo que todavía ofrecen.
LOS EDUCADORES
Los grandes hombres que han vivido en un medio tan humilde
son los educadores. Habría de ser el elogio, en primer termino, de los
misioneros que enseñaron las primeras nociones del cristianismo a los indios y
a otras gentes. Algunos sucumbieron a manos de los salvajes, y sus nombres son,
ante todo, de franciscanos. Otros recogieron materiales para la historia de la
lingüística, para el mejor conocimiento de la flora medicinal, datos preciosos
para el folklore y no pocos para la antropología. En esa labor la ayudaron sus
hermanos del resto de la Capitanía de Guatemala. No mientras no se hagan
exploraciones en los archivos de Guatemala, México y España; y esas investigaciones habrá que sacar a luz aquellos procesos del
Tribunal del Santo Oficio, en que abundan noticias fundamentales para la
historia de la cultura y no pocos tesoros (como los paquines en verso) que
están dispersos en las montañas del papel. Ciertos nombres e misioneros e
Honduras aparecen en la bibliografía mexicana e Beristain y Souza; peor son
insuficientes para interpretar los afanes de las ordenes religiosas en aquellas
media noche que comenzó a sentir impaciencias de aurora cuando apareció en
escena el ilustre sabio y maestro Dr. Fray José Antonio de Liendo y Goicochea quien estuvo catequizando en las
montañas e Asalta y de quien su discípulo José del Valle dijo en elegante
panegírico: “Semejante a los sacerdotes de los celta y de
los de es citas que buscaban Filosofía en los bosques y montañas, superiores a
ellos en conocimientos y con miras mas grandes, hizo viaje a nuestros montes de
Agalta”.
Cristóbal Martínez Puerta, Liendo de Goicochea (1735- 1814),
Manuel Subirana (muerto en 1867) construyen la Trilogía en que el ultimo logro
sobresalir como pacificador de los indios jicaques y payas. Pero su esfuerzo,
así como el e otros educadores que trabajaron en la ciudades, careció el ritmo
sin interrupción, porque las
guerras civiles, los gobernantes
iletrados y atrabiliarios, no le permitieron gozar su cosecha; y lo que fue
para ellos un jardín en que habían lograda
aclimatar nuevas ideas y nuevas emociones como flores finas que exigían
el diario cultivo volvió a convertirse en míseros eriales:… Si eso no hubiera
sido, el problema de la educación pública ya estaría resuelto.
Los Franciscanos que enseñaron el latín a los jóvenes que
tenían hambre y sed de saber en la desventurada provincia de Honduras ¿Qué
podrían hacer si no contaban con estimulo para redimirla, llevándolos mas allá el conocimiento el Nebrija? Mientras
el Padre Reyes vivió, pudo hacer muchos para que algunos jóvenes recibieran las noticias elementales
el mundo que les hacia señas desde Europa y también los fulgores de “La santa
consoladora Poesía”. Escribe Ramón
Rosa: “Reyes no solo era el verdadero padre de los necesitados, sino
también el prudente consejero de las familias. Además, como hombre ilustrado,
se oponía siempre a las ideas y preocupaciones del pueblo, hijas de la
ignorancia y el fanatismo.
No garantizaba: moralizaba e ilustraba. De esta conducta dio
pruebas, evidentes y repetidas, aun en los momentos de publica tribulación. El
20 de enero de 1835, llamado vulgarmente “el año el polvo”, ocurrió que, de
repente, se oscureciera el sol, se sintiera horribles sacudimientos de tierra,
ya de oscilación, ya de trepidación, y se oyeran retumbos prolongados y
pavorosos, que semejaban truenos ensordecedores de una tempestad desecha. La
luz se extinguió por completo, a causa
de una abundante lluvia de polvo que caía sin cesar al grado de que para ver
las personas, de cerca se acudía “hachones de ocote”, o a velas que de pronto
se apagaban. El pueblo consternado, sintió los terrones del siglo X; creyó
llegado el Juicio Final, y hombres y mujeres, ancianos, y adultos y niños, a
voz en cuello, hacia pública y general la confesión de sus culpas. Así lo creían, también, los sacerdotes, que
oían, en desorden, a sus aterradores penitentes. Pero Reyes, sacerdote que
sabia física y geología, logro devolver
al pueblo la calma, impidiendo las generales y publicas confesiones. A todos
decía: “No os aflijáis, ni deis escándalos; no es Día del Juicio: un volcán
cercano ha hecho erupción; el peligro ha pasado, y el polvo dejara de caer
dentrote poco tiempo”, Reyes era un oráculo para su pueblo, y este creyéndole,
dejo de creer en el Juicio Final y de decir a gritos sus pecados. A poco se
confirmo, los hechos, el dictamen del hombre de ciencia. El polvo fue
disminuyendo, una pálida luz fue alumbrando, y a los tres días el sol
apareció en todo su esplendor. Es pues
se supo que había hecho erupción el
volcán de Cosiguina, en la costa del
Pacifico del Estado de Nicaragua, limítrofe del de Honduras. ¡Cuánto afligen la
ignorancia y el fanatismo religioso! ¡Cuánto consuela y fortalece la ciencia!
De Reyes, maestro insigne, habría que decir que llevaba una
llave de oro para abrir almas y que su mejor pedagogía fue la del canto. Hubo
de vivir en una época reteñida de sangre, sonora e alaridos humanos y de toques
de somaten, y al morir, unas cuantas e sus semillas espirituales cayeron en
nobles surcos: Máximo Soto, Ramón Rosa,
Maria Francisca Reyes del Palacio. Larga noche, horrenda noche de Honduras, e
1855 a 1876. Los indios desmelenados y los sargentos furiosos: Calixto Váquez
el “corta cabezas”, Serapio Romero el
“chinchonero”, José Maria Medina, Longino Sánchez, obligaban a los
preceptores de primeras letras a despedir a los niños cada vez que, al son de
las campanas, en los hogares trémulos estremecía los corazones impávidos el
grito de ¡Los indios!¡Los indios!
Siete años de alba en la que la sangre fue reprimida y el
caudillaje tubo que esconder la cabeza, fueron los el gobierno del Dr. Marco
Aurelio Soto (1846-1908), universitario distinguido, ex -Secretario de
Relaciones Exteriores y e Instrucción Publica del gobierno reformador de Guatemala,
que había sido también Secretario de la Sociedad Económica y Sindico el
Consulado e Comercio. Hombre civil, de dotes admirables para el mando, fue la
mejor demostración de que son los
preparados los que pues en organizar la Republica, purificarlas, darles un
programa. Soto busco sus colaboradores entre los hondureños mas capaces y supo
dar protección a los valores intelectuales y a los hombres de estudio y e
trabajo. Pero si dio preferencia a las obras materiales, abriendo cauces a la
actividad, modificando a la estructura económica del país, su mas vivo afán fue
el e poner en manos del maestro de escuela de salvación de este, respetar los
fueros de la inteligencia, estimulara los jóvenes que necesitan la palabra
halagadora, pero a tiempo. Entre los educadores de aquella época resplandecen
los nombres que la gratitud ha perpetuado en bronce: los de Maria Francisca
Reyes de Palacio, primera directora de la escuela superior de señoritas, José
Jerez y os cubanos Francisco de Paula Flores (murto en 1891) y Tomas Estrada
Palma.
Bajo la administración de
Bográn fueron contratados
los profesores españoles Arturo Morgado
y Calvo, Juan Guillen y Ruiz Andrés López M. y Benítez Antonia Garbo y
Montardo, Juan Lamas Basso, Salvador Rodríguez
y Sánchez, Francisco Cañizares y Mollano, Tomas Mur , Ciriaco Carcillan
y Galicia, el doctor en Ciencias Manuel Montorio y Pérez, el Licenciado en
Filosofía y Letras Robustiano Rodríguez Hernández y Francisco Martos de la Fuente.
Fue entonces cuando empezó, ese su modesto colegio de Danli,
su tarea magnifica don Pedro Nufio, el maestro que entrego más de un cuarto de su existencia a su auténtica vocación de maestro. Su figura
esta rodeada e fulgor. Sabía profundamente
y sabia enseñar como pocos maestros de la América española. A una
cultura siempre renovada, que la permitía conocer los últimos progresos de la ciencia, unía
extraordinaria capacidad para construir los instrumentos que le permitían
redondear sus explicaciones. Catedrático que conocía la Mecánica, la Electricidad,
la Fotografía y el Dibujo; varón en cuya limpieza moral se veían sus discípulos
como en un espejo, logro realizar uno de sus sueños cuando se inauguró en
Tegucigalpa la Escuela Normal e Varones. Dominaba sus oficios; tenía la
humildad el verdadero sabio. Su
Cátedra de Física era fascinante.
Entre los maestros que recibieron educación en el Instituto
Pedagógico de Santiago de Chile, dos se consagraron totalmente a su ministerio:
Pedro P. Amaya y Luis Landa, y hay que hacer mención de otros que han brillado
en la cátedra universitaria como en un dolió: Rafael Alvarado Manzano, José
Maria Gonzáles y Marcos López Ponce; Miguel Ramírez Goyena, el sabio
nicaragüense que enseñe Botánica. Y mas tarde el chileno Manuel Soto organizo
las escuelas primarias bajo el régimen de Bertrand; su compatriota Orfilia
Lagunas Vargas, dirigió la Escuela Normal de Señoritas; y los
guatelmatecos J. Inocente Orellana,
Samuel Guevara, Julio C. Cordero y Manuel Saravia, que ocupan el sitio de honor
en el mismo ambiente en que han sabido distinguirse Ernesto Fiallos, Esteban
Guardiola y Félix Salgado.
La ultima nota que ha venido a enaltecer este capitulo de
historia corresponde a la Escuela Panamericano
de Agricultura que se ha fundado cerca de Tegucigalpa, bajo la dirección
del distinguido especialista en botánica tropical Mr. Wilson popenoe, con el
dinero proporcionado por la United Fruit Company.
ALGUNOS ESTUDIOS
En esta semblanza deben ser mencionados aquellos hombres de
ciencia que podrían incorporarse a la obra hispanoamericana: José Gimbert, José
Lino Fábregas José del Valle, Francisco Cruz y Luis Landa.
Gimbert, valenciano, de la orden franciscana, autor de
“Virtudes de las Hierbas de Honduras”, fue guardián del convento de Granada en
Nicaragua y “excelente medico de indios” (Beristain).
José Lino Fábregas, nativo de Tegucigalpa y Jesuita de
Tepotztlan, en México, es el autor de la “Interpretación del Códice Borgiano”
editado por Lord Kingsborough, mas tarde por el Duque de Loubat y también por
el Museo Nacional de México (1900). Dice Chavero: “Al hacer Fabregas la
explicación de este Códice, sorprendió
ciertamente muchos de los portentosos secretos de los mexicanos, que tanto
asombro pusieron en el animo del Barón de Humbolt. No hizo lo mismo en la parte
teogonica, pues tiempos fueron los suyos en que se podían desprender los
escritores de las preocupaciones religiosas, que los llevaban fatalmente a
buscar en todo concordancia con el relato bíblico. Además, la ciencia analítica
de las mitologías no se había desarrollado
por entonces; ni tuvo aquel interprete mas objeto que la exposición de
la cronología, consignada en los jeroglíficos de este Códice”.
José del Valle (1777-1834) es la más alta personalidad
intelectual en la historia de Honduras. Educado en la Universidad de Guatemala,
ocupo cargos distinguidos, bajo el régimen español, desde el Asesor del Real
Consulado hasta Auditor de Guerra; redacto el Acta de Independencia de
Centro-América; paso a México a ocupar
una curul e Diputado en el Congreso del Imperio y en el sobresalió por su
sabiduría y elocuencia, llegando a ser
Secretario de Relaciones Exteriores. A su regreso a Guatemala el resto de
su vida transcurrió entre las turbulencias de la política y las dulzuras del
retiro en su biblioteca. Fue el hombre de estudio mejor preparado, mas al día,
que hubo en su tiempo en Centro América, y su curiosidad le sometió a numerosas
disciplinas: la economía, las ciencias políticas, la sociología, la biología,
el periodismo. Había recibido la influencia mental de José Antonio de Liendo y
Goicochea, el reformador de la enseñanza universitaria; y además de poseer las dotes de estadista, se
preocupo, singularmente, por el estudio de la realidad americana, por el
mejoramiento científicos de los desheredados, y, sobre todo, por la suerte del
indio, y anticipándose a otros pensadores de este continente, hablo de la
necesidad de una confederación de las Republicas americanas y que se organizara
una expedición científica en la cual todas
ellas cooperaran, sostuvo correspondencia con Jeremías Bentham, sus
anticipaciones sobre muchos de los temas agudos de nuestro tiempo siguen
fulgurando en su ideario; y su elegancia espiritual no ha podido hasta hoy, en
los cinco países que le respetaron y le admiraron, parangonarse con la e otros
pensadores que salen de los libros hacia
la vida.
Francisco Cruz (1820-1894) es a el autor de la “Flora
Medicinal De Honduras” y “La Botánica del Pueblo”, libro en que supo reunir
muchas de las mas interesantes noticias
de la sabiduría popular y orientar en el conocimiento de algunas de las fuentes
de riqueza inexplorada, poniendo al servicio de sus contemporáneos los
hallazgos que hizo en el laboratorio al aire libre en que, sin instrumentos
científicos, el estudio sabe encontrar el dato que habrán de sistematizar sus
sucesores.
Luis Landa ha escrito varias monografías que enriquecen el
inventario botánico de Honduras y que, al ser congregados en libros, servirán
de primera mano a quienes mas tarde construya la tabla de valores de América.
Nada por hoy en las ciencias físicas y matemáticas, ni en
las de espíritu. Algo para las antropologías, cuando sean revisadas, por
ejemplo, las investigaciones lingüísticas de Alberto Membreño: “Hondureñismos”
(1897) “Aztequismos de Honduras” (1907). “Nombres geográficos Indígenas de la
Republica de Honduras”(1908). Ha recogido datos para el folklore Rodolfo Rojas
y sobre los grupos indígenas Francisco Landero y Fernando Blandón. Lo mejor a
este propósito se debe a extranjeros como William V. Wells, el de “Exploration
and adventures in Honduras” (1857), George E. Squier, a quien la etnografía y
la historia adeudan libros valiosos, Wama oe Adventures on the Mosquito
Shorer”(1855), “Apuntamientos de Honduras y San Salvador” (1856) y “Honduras
descriptive, historial and statistical” (1870). Los arqueólogos han publicado;
George Byron Gordón “Prehistoric ruins of Copan” (1891-95) y “Researches in the
Ulloa Valley” (1896-97); Thomas Gann “Mounds
in Northern Honduras”, Sylvanus
G. Morley “Inscriptions at Copan”, Rodolfo Schuller, que estudio a los
lencas; Edward Conzemius, que reunión exelentes informaciones de los jicaques y
los mayas, así como Kart Sapper sobre los jicaques; Paul C. Stanley autor de
“Flora of the Lancetilla Valley” y Doris Stone cuyo ultimo libro “Arqueología
de la Costa Norte de Honduras” (1943) es documento fundamental.
LOS HOMBRES DE LETRAS
Bajo la dominación española hubo varios hombres de letras:
el Obispo Cristóbal de Pedraza, el Obispo Galo, cuya “Descripción y Noticia de
Honduras” remitió al Rey el 28 de julio de 1620 y vio original Gonzáles Dávila,
los franciscanos Francisco Andrade, Francisco de Santelices, Esteban de
Verdelete, Martín de San Antonio Moreno, Bernardo Espino, y, naturalmente otros
que algún día serán relevados por el investigador.
En un siglo de vida independiente han aparecido escritores
de la talla de José el Valle, Francisco
Morazán, Álvaro Contreras, Celeo Arias, y Policarpo Bonilla. Entre los
periodistas que han participado en las vicisitudes de la política aparte de
Valle y
Contreras, Adolfo Zuniga, José Maria Aguirre, Francisco
Cáliz, Francisco Cáceres, Miguel Ángel Navarro, Jun Ramón Molina, Paulino
Valladares, Timoteo Miralda, Juan Maria Cuellar, (1861-1921), Augusto C.
Coello, Adán Canales (1885-1925), Salatiel Rosales. Matías Oviedo y Alfonso
Guillen Zelaya. En los diarios de “La
Paz”, “Diario Tiempo”, “Diario De Honduras”, “La Profilaxis Política”, El Nuevo
Tiempo”, “El Cronista”, “La Tribuna”, y “El Pueblo”, queda el rastro de sus
polémicas. Valladares ha sido el más leído a la vez que el de mayor enjundia.
Toda la producción de Salatiel Rosales aguarda la hora de que se le compile
para perpetuar así el nombre de un escritor que mantuvo trato asiduo con las
ideas contemporáneas y supo elaborar su estilo.
LA LITERATURA DIDACTICA
Se inicia en Honduras este genero con las “Lecciones de
Física” del Padre Reyes. Algo abundante ha sido la producción: “Elementos de
Geografía de Honduras” de Eduardo Viada, “Raíces Griegas Y Latinas” Esteban
Guardiola, “Apuntes De Gramática Latina” de Antonio R. Vallejo, “Elementos E
Pedagogía” Miguel Norazan, “Geografía De Honduras” Antonio E Bones Quiñones
“Química Y Mineralogía” Carlos Bonilla, “Geografía Ilustrada De Honduras”
Eduardo Martínez López, “Nociones De Pericultura” Manuel Zuniga “Guía Histórica
De Honduras” Y “Lecciones De Botánica” Perfecto
Bobadilla, “El Dibujo De La Escuela Primaria” Enrique Galindo,
“Geografía De Honduras” Rubén Atunez,
“Lecciones De Fonética, Prosodia Y Verificación Castellana” Alejandro Arriaga
“Economía Rural” Joaquín Burgos y los libros de lectura preparados por Miguel
Navarro hijo de J.J. Castro y Carlos Aguilar P. Federico Gonzáles, etc.
LOS ORADORES
La oratoria señala entre sus mejores figuras las siguientes:
José del Valle, Álvaro Contreras, Adolfo Zuniga, Ramón Rosa, Miguel Ángel Navarro y Alberto Ucles.
Valle fue una de las voces más respetables y aplaudidas en
el Congreso Mexicano de 1823. Cuando la anexión de Centro- América le obligo a ocupar una curul, y supo
distinguirse por la sobriedad de su palabra, que , unida al fuego ideológico,
le permitió ostentar luz propia. Sus
discursos carecían en énfasis, pero conquistaban al auditorio por la madurez de
la doctrina y la claridad de exposición.
En los días febriles de Centro-América hizo vibrar sus
clarines verbales Álvaro Contreras, cuyo
mejor discurso centroamericano-, fue el que pronuncio al inaugurarse la estatua
de Morazán en San Salvador (15 de septiembre
de 1882). Mas sonoro, retórico, sacudido por la efusión, de aguda y viril
ideología, fue Ramón Rosa, que fulgurar
la llama del trópico en cláusulas tintineantes, coloridas, en las que se nota
la influencia del Cautelar. Quizás el discurso que pronuncio al inaugurarse la
Universidad Central, fue su triunfo mas sonado. Después de el aparecieron
Ucles, enamorado de las paráfrasis, graciosamente difuso y erudito; y Navarro,
que en el congreso demostró su fibra de verbo-motor, su cáustica ironía.+
Entre los oradores sagrados debe mencionarse José Trinidad
Reyes, Samuel Escobar, José Leonardo Vigil y Alberto Medina, el último e ellos
educado en Roma.
La Universidad de Honduras se enorgullece de varios
jurisconsultos de primer orden. Antes de que fuera fundada surgió José Cecilio del Valle, y en el fragor de la lucha
política siento cátedra entre los
legisladores, disertando sobre los problemas que podrían adueñarse de su mente de estadista. Sus
mejores escritos: “Código Legislativo”, “La Legislación Española”, “Apuntes
para una Memoria o Ensayos sobre la Jurisprudencia Criminal en las relaciones
que debe tener con la Anatomía y la Fisiología”, “Principios de Gentes que
deben respetar las Republicas de América para ser felices y no entorpecer su
marcha política” y “Juicios sobre las Instituciones del Derecho de Gentes” del Dr. Álvarez.
La primera ley orgánica de justicia y reforma agraria fue
expedida siendo Jefe del Estado don Joaquín Rivera (1835). Bajo la admón.. del
General Rivera se “mandaron observar la Novísima Recopilación, las Siete
Partidas y las Ordenanzas de Minería y Militares en todos los casos no
comprendidos en las leyes emanadas del Poder Legislativo de Honduras desde
1841”. Mas tarde el Lin. Taddeo Lima redacto los proyectos del “Código Penal” (30 de octubre de 1847) y el
Código Civil (3 de marzo de 1848). Dos jurisconsultos renombrados fueron Máximo
Soto, Medico Legista y Justo Pérez. En
1864 la Asamblea nombro una comisión para que redactara los Códigos del Estado,
formada por Inocente Bonilla, Valentín Durón, Pio Tranquilino Ariza y
Martín Ucles; “pero no se emitieron los
códigos aunque la comisión cumplió su encargo”.
Los Códigos Civil,
Penal, de Procedimientos, de Comercio y de Minería que habían elaborado Adolfo
Zuniga y Alberto Ucles y el general Enrique Gutiérrez, fueron puestos en vigor
durante el régimen de Soto (27 de agostode1880). “En esta legislación se
restablecieron importantes reformas –dice Durón- como la absoluta libertad de
testar, la prohibición de censos, fideicomisos y de toda clase de vinculaciones
y el matrimonio civil, que se dejo a la voluntad de los contrayentes y después
fue obligatorio. Una ley especial suprimió los diezmos. Se extinguió el fuero
eclesiástico, se secularizaron los bienes de manos nuestras, se estableció el
cementerio laico, se implanto la enseñanza laica, y se organizo nuevamente la
Universidad bajo un sistema amplio y en Armenia con los últimos progresos de la
enseñanza”. También se emitieron el Código
Penal Militar, la Ley de
Tribunales, la Ordenanza y la Ley de Organización Militar y el Código de Aduanas. Nuevos Códigos entraron en
vigencia en las administraciones de Policarpo Bonilla y Manuel Bonilla.
Honduras ha tenido nueve constituciones.
La federación del 22 de noviembre de 1824, y las del 20 de
febrero de 1825, 11 de enero de 1839, 4 de febrero de 1848, 8 de agosto e1865,
1º. De noviembre de 1880, 14 de octubre de 1894 (que fue restaurada el 8 de
febrero de 1908), 2 de septiembre 1904, y la actual.
En la historia jurídica no pueden faltar los nombres de
Ramón Rosa, Rafael Alvarado Manzano, Vicente Ariza Padilla,
Policarpo Bonilla, Ángel Ugarte, Cesar
Bonilla, Mariano Vásquez , Presentación Quesada y Alberto Membreño.
LAS INVESTIGACIONES HISTORICAS
Todavía no se ha hecho una compilación de documentos
históricos los fundamentales-para conocer muchos aspectos de la vida social,
económica y política del país. La
investigación en los archivos nacionales se inicio cuando el Dr. Antonio R.
Vallejo, (1844-1914) recibió del Presidente Soto la comisión e organizarlos y catalogarlos en Comayagua.
Además del Archivo Nzciocal, hay muchos materiales dispersos en los
eclesiásticos y en los municipales. De gran utilidad ha sido, al publicar
documentos inéditos, la “Revista del Archivo y Biblioteca Nacional” que el
doctor Esteban Guardiola fundo en 1904 y sigue dirigiendo.
El Dr. Vallejo
publico varios libros en que dio a conocer
noticias inéditas muy valiosas además del “Compendio de la historia
social y política de Honduras”.
Figuran en su rico haber: “Colección de las Constituciones
Políticas de la Republica de Honduras se ha decretado en las 56 años que lleva de independencia” (1878), “Índice
Cronológico de los tratados, convenciones, capitulaciones, armistico, dietas,
protocolos de conferencia, cuestiones de limites contrato de Ferrocarril Interoceánico y otros actos
diplomáticos” (1889) e “historia documentada de los limites entre la Republica
de Honduras y las de Nicaragua, El Salvador
y Guatemala” (1905).
La hora del Dr. Vallejo fue dignamente continuada por el Dr.
Rómulo E. Durón, a quien se debe las obras siguientes;” Honduras Literaria”
(1896), “La Provincia de Tegucigalpa bajo el gobierno Mallol” (1904),
“Biografía de Presbítero don Francisco Márquez” (1915), “Biografía de don Juan Nepomuceno Fernández Lindo”
(1932), “Nicaragua ante del rey de España”
(1938), “Justo José Milla” (1904) y “Las
Islas del Cisne” (1926), en colaboración con Augusto C. Coello. Fue Durón un verdadero explorador de un bosque tropical
de papeles; y en medio de las zozobras que vive el hombre de estudio en
nuestros países; pudo hacer excelente acopio de materiales que le permitieron dibujar, en parte la
fisonomía de muchos acontecimientos.
Ramón Rosa. Este lo
puso a escribir las biografías de José
del Valle (1882), José Trinidad
Reyes (1891) y el poeta guatemalteco Manuel Deguez y Olabery (1889). Habiendo
dejado inconclusa la del Gral. Morazán. El doctor Rosa – el pensador
específicamente hondureño – tuvo magníficas condiciones para haber dejado una
obra mas ante; pero lo poco que hizo, - discursos semblanzas algunos cuadros de
costumbres – basta para comprender la magnitud de su talento. Por desgracia, le
toco vivir en vías tempestuosa, y las paginas que dejo le sirven de esplendida
credencial.
Durante este siglo pueden también señalarse los nombres del
obispo de Dr. Manuel Francisco Vélez; el Dr. Martínez López, autor de la
“Biografías del Gral. Morazán” (1891) e “Historia de Honduras” (1908); Inés
Navarro, que publico “Datos Históricos y
Geográficos sobre el municipio de Comayagüela” (1900) y Jeremías Cisneros.
TEATR0 Y NOVELA
El Padre Reyes cuyos nombres sobresale cuando se habla de
cualquier empresa cultural en Honduras es el más distinguido autor teatral si
bien la critica tendrá que apreciar su obra como la de un modernismo trabajador
que movía los inocentes muñecos y la humildes escenografias con la curiosidad
de quien quiere expresar ideas y dar consejos. Sus doce pastorelas fueron
recogidas y editadas por el Dr. Durón
(1905) y según documentos literarios de primer orden, así como el (Teatro Infantil) de Alonso Brito
(1909).
Sean publicado las selecciones “Honduras Literaria” por
Durón y “Antología de poetas hondureños”
por Jesús Castro (1939).
LOS POETAS
Honduras es uno de los países hispanoamericanos en que
abundan los que escriben versos y escasean los que hacen poesía.
El patriarca de la lírica es Reyes, nutrido en las esencias
del acendrado clasicismo e iluminado por llamas celeste.
Casi todo el siglo XIX las calandrias se ahuyentaron, como
asustadas por el furor de larga noche; y hasta que sonó la hora de la reforma
iniciada por Soto, apareció un joven que fue promesa valiosa: Manuel Molina
Vijil (1853 – 1883) como habría de serlo con idéntico infortunio, pues los dos
se suicidaron José Antonio Domínguez (1869
– 1903). Con ella se hace acto de presencia el romanticismo y pasan por el
escenario de la vida como fantasma entre niebla y llanto. Cuando el primero
alternaba en los salones con Joaquín
Palma y Alberto Ucles, acudía a los corazones con las músicas de
Zorilla, transportándolo a esos mundos inefables en que el amor esta rodeado de
Madreselva.
Otro protector de los escritores fue el presidente Bonilla;
entre ellas figuraron Domínguez, Froylan Turcios (1875 – 1943) y Juan
Ramón Molina (1875 – 1908). La fundación de la sociedad “La Juventud hondureña”
(1895) en que se reunieron los jóvenes que persiguieron a su vez las primeras
ráfagas del modernismo, hizo posible que Molina y Turcios sobresaliera por
haber encontrado en el periodismo un refugio estratégico.
Molina es uno de los poetas Centroamericano de mas vigoroso
numen, y fue a la vez de un terrible
contendor de las polémicas de prensa, y
un prosista que bajo la hermosura marmórea
de la palabra que hizo fluir la sangre. En “Tierras, mares y cielos” (1913)
dejo las muestras de su orgullo y de su vanidad, y en el “Diario de Honduras” y
“Diario de El Salvador” ese oro que se dilapida en la ganancia de del pan de
cada día. Enrique González ha dicho el, “La gracia de Darío ha tocado el
corazón de Molina, y a ese tono y a ese acento nuevo debe el poeta hondureño
sus mas bellas realizaciones. No hay en los poemas de Molina imitación verbal,
sino resonancia espiritual del nicaragüense; pero es imposible desconocer que
el canto de Darío los ha fecundado. Y yo
prefiero, entre los poemas de “Tierras, mares y cielos” los que sin dejar
de ser personales, delatan aquella influencia espiritual. En los sonetos y en
la composición “Una Muerta” de hondos temblores elegiacos está la obra mas pura
y mas lograda del poeta hondureño, no solo en el sentido de la emoción, sino de
la forma”.
Froylan Turcios fue, mas que un poeta, un maravilloso
coleccionista de pájaros raros y de pedrería vehementes; y el los distribuya a
través de sus revistas, seleccionándolos, mostrándolos en airosos escaparates.
Las mejores páginas de sus autores predilectos se hallan en “Revista Nueva”
“Esfinge” “Hispano-América” y “Ariel” que tuvieron gran publico en nuestro
hemisferio y le permitían ser un coordinador de la amistad Inter.-americana y
orientador del gusto literario. Dejo varios libros en los que aprisionó
confidencias, presentimientos y hasta supersticiones: “Mariposas” (1895),
“Renglones” (1899). “Hojas de otoño” (1904) “Tierra Maternal” (1911), “Floresta
sonora” (1915), “El Vampiro” (1930), “Cuentos del amor y de la muerte” (1930),
“Flores de almendro” (1931), “Paginas del ayer” (1932) y el mas lleno de calor
humano, de risa y de melancolía: “Memorias”, que promulgan sus dones de
conversador cautivante y se hallan
impregnadas de fuego del trópico, ventiladas en el aire misterioso de los
pinares hondureños y a la vez sacudida por una fantasía que atropellan los
“caballitos de San Vicente”, los ojos de agua y las niñas campesinas. Hizo
periodismo fue cónsul y diplomático. Turcios fue un escritor que logro abrirse
a puño cerrado las puertas del renombre; y uno de los paladines del modernismo
en Centroamérica, que sobrevivió a su fama.
Después de Turcios la historia literaria recoge los nombres
de varios escritores que han sabido poner su poesía al unísono de la sencillez:
Augusto C. Coello, Luis Andrés Zúñiga, el autor de “Fabulas” y “El Banquete”,
Ramón Ortega el de “El amor
errante”,Jorge F. Zepeda busco en las fuentes del regionalismo la raíz de sus
“Ritmos” y “Colores de la tierruca”. Adán
Coello y Nicasio Gallardo pasaron meteóricamente.
En este itinerario de la pasión hondureña por las letras y
de fe en el progreso, se ve con claridad la presencia de 4 animadores: Reyes,
Rosa, Turcios y Esteban Guardiola. En el ultimo de ellos se han sumado la
pasión fervorosa y el rendimiento
incondicional con que los otros imbuyeron a las nuevas generaciones el deber de
estudiar todo lo que la tradición, la emoción
y el genio peculiar del terruño y ofrecen a quienes traten de hallar lo
universal mínimo; y gracias a Guardiola
ha sido posible que muchos de los que le escucharon en la cátedra siga sintiendo la misma influencia de su
magisterio desde las columnas de su revista en que ha sido su mas austera
preocupación el enaltecimiento de los pocos nombres que han contribuido a poner
a Honduras en un sitio de honor.
Así en las letras del
continente han podido sobresalir algunos nombres, no así en las artes. Los eruditos hablan de las
misas y de los villancicos que compuso el padre Reyes una de ellas “El Tancredo” y, mas tarde, hacia 1870, se
menciona a Pio Matamoros, director de una orquesta, y al maestro de capilla y
violinista don Miguel Ugarte. Se incluye entre los compositores de valses y
mazurcas a Felipe pineda, Gabriel Sierra y Nicolás Zuniga, y de algunas músicas sagradas a Santiago Zelaya y Agustín Mariadaga. Quien ha tenido más
preparación y vocación es Manuel de
Adalid y Gomero, autor de páginas escritas sobre flores sentimentales, a la luz
de la nostalgia.
Entre los arquitectos apenas son mencionados Gregorio
Nazianceno Quiroz, que intervino en la construcción de la Catedral de Tegucigalpa, (principios de 1700 y
terminada1715); pero no se precisa quienes fueron los constructores de la
Catedral de Comayagua, el Castillo de Omoa y el Puente Mallol. Y por ultimo
¿Qué pintores hubo entre el tegucigalpense, José Miguel Gómez, que floreció a fines del
XVIII, y Pablo Zelaya Sierra (1896-1935), que fue hasta Madrid en busca de su
Europa prometida, paso hambres y volvió a morir a la tierra natal?
México, 1944