Rafael Heliodoro Valle
La historia de Honduras puede escribirse en una lágrima. País de pinos en primavera eterna y de montañas difíciles por él han recorrido largos ríos de sangre en una larga noche de odio y de dolor; en él han nacido, flores llenas de luz, algunas almas insignes de América: el pensador José del Valle ciudadano de un mundo antípoda; Francisco Morazán, hombre telúrico que construyó antes que muchos héroes de la América Española la ciudad utópica en que todos los hombres deben nacer libres y vivir como hermanos; José Trinidad Reyes, el sabio y educador que vivió en su nocturna, pidiendo en el pecho áspero de las fieras un corazón de miel y Marco Aurelio Soto, el estadista que hizo la reforma liberal, decapitando cortacabezas y alanzado sobre el filo de los machetes salvajes un trono provisional a la cultura.
En ese Apis, bajo ese cielo suave que no ha podido entenderse aún con esa tierra, nació una hermosa calidad Ramón Rosa. Hace un siglo justo, un 14 de julio, advino en Tegucigalpa, sin áureos donde den la cuna, porque sus diamantes hereditarios eran otros: humillado por no haber surgido como fruto de bodas, el hombre que ha enriquecido a Honduras con el oro de su pensamiento, la plata de su lirismo, el hierro de su voluntad.
Entre sus antecesores tenía cuatro ilustres. José Simón de Zelaya, el teólogo que construyó con su dinero el mejor templo católico de la ciudad en el patronato de San Miguel no ha podido aún exterminar al Diablo; Felipe Santiago Reyes, maestro de música, que puso llave de sol en el acta de adhesión a la independencia de 1821, el Dr. José Trinidad Reyes, uno de los pilotos espirituales que más han hecho por la redención de su pueblo y cuyo nombre está vinculado a la fundición de la Universidad de Honduras; y otro de los fundadores, discípulo y maestro a la vez, el Dr. Máximo Soto.
Era Tegucigalpa en 1848 una de las ciudades más olvidadas por los ángeles y por los hombres: Una ciudad hundida en los Andes, con dos ríos que inútilmente siguen dando su lección de fraternidad al juntarse bajo los arcos del Puente Mallol; como así es que bajan a su regazo desde las copas de los pinares; con lenta campanas melodiosas presidiendo las tareas domésticas y los chismes de los politicastros que agazapaban detrás de los balcones para madurar, sin riesgo, la nueva rebelión contra el régimen; y unas palomas que ponían su nota blanca en aquellos días negros. Las gentes se asomaban a la puerta cuando se sentía el paso de los correos expresos que llegaban de Comayagua con noticias del complot frustrado o con las hojas volantes en que algún general en estado de merecer la presidencia hacía a sus queridos conciudadanos una de esas promesas que parten el alma o que cambian el curso de las estaciones.
Así era Tegucigalpa, remota y feliz con su plaza y sus portales, su Calle del Comercio ya sin la bonanza de las minas y con 10,000 habitantes que oían atentamente los sermones del Padre Reyes, pagaban puntualmente diezmos y primicias; pero eran míseros pecadores, algunos de ellos en pecado mortal. Al otro lado del rio Grande vivían, como si fueran habitantes de otro mundo, los indios de Comayagüela, que enseñaban su complejo de inferioridad al solo oír los apellidos en que temblaban recuerdos de días argentíferos: Vásquez, Zelaya, Midence, Ferrari, Fiallos, Vijil.
En una de las casas más humildes se crio el hijo de doña Isidora Rosa y don Juan José Soto -las damas primero- a la sombra de su madre amorosa y así que pudo concurrir a la escuela de la maestra Escolástica (que enseñaba a leer, escribir y las cuatro reglas de la aritmética, además de elementos de urbanidad) sintió que en el alma se le abrían unas puertas azules, para atisbar con nostalgia creciente las ciudades de otros países, y los dos ríos que le transportaban en cano de sueños hacia el mar. Siete años tenía cuando vio, rodeado de cirios, exánime para siempre a su tío el padre Reyes, y presenció sus funerales, que durante siete días hicieron llorar a las campanas de las siete iglesias.
Su niñez y su adolescencia transcurrieron en un clima mortal, entre lamentos de heridos que habían dado su sangre para prolongar la vida de los generales que volvían del destierro o de los que caían del solio codiciado, sin ninguno de ellos hubiese hecho la felicidad de su amado pueblo.
Había nacido el mismo año que nació otra Constitución Política, y no cabían en los 120,0000 kilómetros cuadrados de la República los tres próceres: Juan Lindo, Francisco Ferrera y Santos Guardiola. El cónsul ingles, Mr, Chatfield, aparecía de pronto, en la escena adueñándose de una isla en la que había un tigre fantasmal. De 1848 a 1867 (en que se trasladó a la capital de Guatemala, para seguir sus estudios de jurisprudencia) la hemorragia de Honduras fue intermitente. Alianzas de los caciques con banda presidencial y abundante carne de cañón, intrigas menudas, engañifas, alharacas, toques de clarín, divisas rojas o verde en el sombrero, anarquía a tambor batiente… Se seguía hablando de la unión centroamericana en discursos pomposos y en pactos que, al día siguiente de firmados, se convertían en reliquias de archivos. Aún vivían algunos de los epígonos del General Morazán, otros habían peleado en Nicaragua contra el filibustero William Walker, y al regresar bajo arcos triunfales e incienso de tedeums, se sentían más presidenciales que de costumbre; y así fueron, vinieron y volvieron Xatruch y Guardiola, Cabañas y Juan López, Arias y Medina, medinitas y medinones. Mientras se desangraba Honduras y se hablaba de una nueva reforma de la Constitución y los antropófagos deglutían y el país continuaba en bancarrota, el odio en Centroamérica seguía su marcha triunfal, de barrio en bario, de ciudad en ciudad, de país en país.
Ramón Rosa vio florecer su angustiada adolescencia en aquella atmósfera de espanto y toques de se maten y en la memoria se le quedó indeleble el grito de terror que, al rayar el alba o entre la noche quieta, surgía de pronto: “! Los indios! ¡Los indios!”, era el “coco” de los niños y de los adultos, pues de súbito hacían irrupción hablando castellano de Curarén o de Texiguat, las hordas sanguinarias.
El 28 de mayo de 1893 murió Ramón Rosa y al saberlo no pudieron contener el llanto las campanas de Tegucigalpa. El presidente Vásquez ordenó que en los funerales se le rindieran honores de General de División. Para cumplir uno de sus últimos deseos, fue sepultado bajo un enorme libro de piedra, como si quisiera que lo acompañase simbólicamente uno de sus más fieles amigos; y ahí descansan sus huesos que tanto sufrieron. En tierra hondureña, bajo la paz del cielo más azul del mundo, está convertida en polvo la lengua que derramó ambrosía en esos instantes en que la luz arroja sus escalas hacia Jacob dormido.
Vida fugaz la de Ramón Rosa, que se quemó en la angustia de no poder servir a su patria como lo habría deseado, porque era dueño de las mejores calidades para ser estadista de influencia entrañable, como lo fueron los constructores de América que dieron dura batalla por la inteligencia. Vivió 45 años. Fue una de esas ráfagas de luz que evidencian la aurora que cuida su tesoro. Vivió en una espantosa noche continental, en la que rugían las fieras humanas y las familias feudales se disputaban el poder: los hermanos Monagas en Venezuela, los López del Paraguay o los Pérez de alguna otra tierra americana en desventura. Los dos partidos históricos -conservadores y liberales- hacían los mismos juramentos y cometían idénticos desmanes. Cada uno de ellos imponía, al día siguiente de la “revolución libertadora”, su capricho en forma de Constitución y de leyes. Desde México hasta el Paraguay se escuchaban los mismos alaridos de terror: Santa Ana en México, Carrera en Guatemala, Melgarejo en Bolivia, Rosas en la Argentina, el liberal Mosquera en Colombia, el conservador García Moreno en el Ecuador; y ninguno de los problemas capitales en vía de solución, ninguna esperanza de organizar el Estado, la anarquía en derredor. Las noticias que llegaban sobre las revoluciones en Europa seguían alentando a los que en América deseaban más que un cambio de normas políticas, el advenimiento de hombres nuevos. La invasión francesa a México, la española al Perú, las agresiones por falta de pago de intereses de alguna deuda extranjera; persecución de los jesuitas en Colombia, Guatemala y Ecuador, fusilamientos a granel, periodistas vomitando chismes en vez de vitalizar ideas, caudillos aclamados por el mismo pueblo que aplaudió la víspera al vencido; y en el fondo de aquel caos, el odio feroz, la miseria aguda, el afán de destrucción, las primeras aventuras del capitalismo en busca de los países fructuosos.
En ese medio histórico vivió Ramón Rosa, alma selecta que hallaba en los libros el supremo deleite en la meditación espinosa y callada al grato solaz. Su vida fue un breve amanecer. Asomándose a un paisaje frio y gris, en el que solo la luz de su paisaje interior modificaba pasajeramente la tristeza despiadada en torno. Murió como había nacido: en medio de una tempestad de llanto y de sangre.
En el primer centenario del nacimiento de Ramón Rosa, los hondureños que aman la Honduras que él amo y pensó, deben releer las mejores páginas del patricio ilustre cuyo espíritu sigue en marcha hacia la luz y cuyos huesos reposan en la ciudad en que se meció su cuna, a la sombra de un cielo que deja caer su más fino azul sobre la flor fue y él llevó en su apellido y en su emblema.
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